Evangelio según San Mateo 11,20-24.
Jesús comenzó a recriminar a aquellas ciudades donde había realizado más milagros, porque no se habían convertido.
“¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si los milagros realizados entre ustedes se hubieran hecho en Tiro y en Sidón, hace tiempo que se habrían convertido, poniéndose cilicio y cubriéndose con ceniza.
Yo les aseguro que, en el día del Juicio, Tiro y Sidón serán tratadas menos rigurosamente que ustedes.
Y tú, Cafarnaún, ¿acaso crees que serás elevada hasta el cielo? No, serás precipitada hasta el infierno. Porque si los milagros realizados en ti se hubieran hecho en Sodoma, esa ciudad aún existiría.
Yo les aseguro que, en el día del Juicio, la tierra de Sodoma será tratada menos rigurosamente que tú”.
Simeón el Nuevo Teólogo
Catequesis: Dichoso el que hoy escucha a Cristo
Catequesis n. 29, 435-437 y 44s
Hermanos y padres: hay muchos que dicen: «Si hubiéramos vivido en los días de los apóstoles y, como ellos, se nos hubiera hecho dignos de contemplar a Cristo, también nosotros habríamos sido santos como ellos». Pero esos tales no saben que el es aquel que, entonces como ahora, habla en todo el mundo. Tal vez alguien diga: «No es lo mismo haberlo visto entonces en cuerpo y oír ahora sólo sus palabras y recibir una enseñanza sobre él y sobre su Reino». También yo digo que no es en absoluto lo mismo ahora y entonces, pero añado que el estado actual es mucho mejor y nos conduce con más facilidad a una fe y a una certeza mayores. En efecto, entonces aparecía como un hombre de nada; frecuentaba a publicanos y pecadores y comía con ellos, y también la gente más sencilla decía de él con desprecio: «¿Acaso no es éste el hijo de María y de José, el carpintero?».
En aquel cuerpo humano en el que Dios se daba a ver enteramente como hombre, exento de cualquier cualidad de más respecto a los otros hombres, sometido a la necesidad de comer, beber, dormir, sudando, cansándose y, excepto en el pecado, realizando todas las acciones humanas, en aquel cuerpo no era cosa de poca monta reconocerle así y creerle Dios, el Dios que ha hecho el cielo y la tierra y todo lo que hay en ellos. De modo que quien le escucha ahora proclamar cada día, mediante los santos evangelios, la voluntad de su Padre y no le obedece con temor y temblor, tampoco entonces habría aceptado creer de ninguna manera. Y también es de temer que, en medio de una incredulidad total, habrían blasfemado de él como antidiós antes que considerarle como el Dios verdadero. Dichoso, en cambio, el que escucha las santas palabras y no se limita a gemir retrasándolo día a día y dejando discurrir inútilmente el tiempo de su vida, sino que, en cuanto ha oído al Señor, de inmediato empieza a obrar. Éste obtendrá misericordia, como siervo obediente y agradecido; se volverá desde ahora artífice probado de todas las virtudes y será colmado en el siglo futuro con todas las delicias de los bienes inefables de Dios: ojalá podamos todos nosotros obtenerlos por la gracia de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

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