«Los hechos evidentes eran formidables ahora; y la fe, salvo para aquel capaz de percibir que la voluntad y la gracia lo eran todo y la emoción, nada, era como un niño pequeño gateando entre los engranajes de una inmensa máquina: podía sobrevivir, o no; pero eran precisos nervios de acero para mantenerse firme. Era difícil ver dónde había que buscar la culpa; pero la fe de Percy le enseñaba que había de haber una causa. En épocas de fe, una religiosidad externa podía aguantar; en estos días turbulentos solo el humilde y el puro podían pasar la prueba; a menos que los resguardara el milagro de la ignorancia. La alianza de la psicología y el materialismo parecía realmente, desde determinado punto de vista, tener la respuesta para todo; era precisa una percepción espiritual profunda para llegar a ver su vital insuficiencia».

 

Robert H. Benson. Señor del mundo. Cap II.

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