«¡Pobre de mi! –se lamentaba el Padre Pío por carta, el 6 de noviembre de 1919–. ¡Pobre de mi! No puedo encontrar reposo. Cansado, inmerso en la más extrema angustia, no ya por no poder encontrar a mi Dios, sino por no poder ganar a todos los hermanos para Dios. Sufro y busco en Dios la salvación para ellos… ¡Qué terrible cosa es vivir del corazón! Esto obliga a morir en cada uno de los momentos y de una muerte que no llega nunca a hacerme morir, sino para vivir muriendo y muriendo vivir».
¿Sufrir? ¿Para qué? ¿Por quién?
Sufrir para renovar la Pasión de Jesús. Su continua experiencia mística, bendecido por tan admirables dones, tenía precisamente como fin aumentar su capacidad de sufrimiento, como advertía el cardenal Giuseppe Siri.
Sufrir por todos, sin excepción. «No he venido a salvar a los justos sino a los pecadores», dijo el Señor.
Muchos «peces gordos», como el Padre Pío solía llamar a los grandes pecadores, mordieron el anzuelo de la conversión gracias al infalible cebo del sufrimiento escondido.
Mary Pyle, una protestante americana que permaneció muchos años junto a él en San Giovanni Rotondo tras convertirse al catolicismo, y que a su muerte legó toda su fortuna a la Iglesia y al convento de capuchinos de Pietrelcina, ahondaba en ese mismo afán de capturar almas para el Señor, durante su encuentro con la publicista María Winowska:
«El Padre Pío es un especialista en “peces gordos”, como se dice vulgarmente. Pero no lo olvide: cuando él se hace cargo de uno, es para siempre. En cierta ocasión, me decía: “Quando io ho sollevato un’anima, non la lascio ricadere più“; “Si alguna vez he levantado un alma, puede estar muy tranquila, que no la dejaré caer de nuevo”.»
José María Zavala, Padre Pío, Los milagros desconocidos del santo de los estigmas. 1º Parte.

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