«¿Con qué pagaré al Señor
todo el bien que me hizo?»
(Sal 116, 12).
Escuchaba ayer al Padre Justo y dijo algo que no es nuevo, pero a veces quizás son las formas las que hacen que uno pueda ver algo distinto, o quizás son los momentos en que llegan. Explicaba que la tristeza de muerte de Jesús en el Getsemaní no era tanto por los dolores físicos, sino por la separación de Dios. Dicen que ese es uno de los sufrimientos más grandes del infierno (y también del purgatorio).
¿Cómo sería este mundo sin Dios?
Muchas veces nos quejamos o sufrimos por cosas y perdemos de vista todo lo bueno que hay en el mundo, todo el amor que nos rodea. Imaginemos no tener aire para respirar…. O tener una sed impresionante y no tener un vaso de agua, y saber que no lo tendremos nunca. Ese es un dolor que también sufren las almas del purgatorio, sólo que ellas saben que algún “día” lo tendrán. Escuché algunas veces que cuando el sacerdote levanta al Santísimo en la Consagración, las almas del purgatorio son aliviadas de sus sufrimientos, ese pequeño instante… ¡y a veces es tan corto!
Pero hay un infierno más acá (así como hay un cielo aquí en la tierra). Aquí se puede vivir esa separación de Dios, tanto por quienes no lo conocen como por los que sí. El que conoce a Dios y se siente separado de Él, se siente en el infierno mismo. Lo es. Es la ausencia de Dios. Y a veces el Señor nos conduce por esos caminos.
Cuando uno peca, siente ese infierno. Siente esa turbación en el alma y no sabe qué hacer. Reconoce su debilidad, su maldad… Y allí caben dos caminos: el orgullo o la humildad. Si además de pecar, se justifica a sí mismo, se separa aún más de Dios. Si se humilla, puede volver a la gracia (mediante el sacramento de la Confesión). Y todo esto no es teórico, uno lo puede apreciar en su propia vida. Ver cómo tantas veces caemos en el orgullo (cada vez que pecamos, en el fondo, es por esto) y también ver que cuando uno baja la cabeza y se humilla frente a otro sin justificarse, eso devuelve la paz.
Hay otra manera de vivir el infierno…. y es el desierto. Cuando uno se encuentra en el medio de la nada, no tiene consuelo, no ve la luz, la oscuridad se hace presente, la tristeza, la angustia, la desesperación… Y eso no implica dejar de amar a Dios, o no hacer su voluntad. Es la voluntad del Señor que pasemos ese desierto, y que lo atravesemos.
Hay una certeza que me acompaña siempre, hasta en las noches más oscuras de todas: Sé que Dios está a mi lado y no me abandona nunca. No es algo teórico que está por ahí y uno repite sin saber lo que dice, el Señor quiso que yo viviera con esta convicción profunda en el corazón.
Cuando nací fui abandonada en un hospital, allí me dejaron. Luego pasé mis primeros 14 días de vida bajo el cuidado de una señora, que me protegió y cuidó en ese momento tan frágil y vulnerable de la vida de cualquier persona. Y el día 14, mis papás me adoptaron. Mi mamá se sorprendió de lo bien cuidada que estaba, me contó que la señora me entregó a mis papás con una ropita rosa tejida que era muy linda y que ella había llevado una para ponerme pero no hizo falta. Ciertamente esa señora me dio amor en esos días tan difíciles que habrá sido separarme de mi madre biológica. Después de estar 9 meses escuchando el latido de su corazón, de un día para el otro la perdí y nunca más volví a escucharlo. Yo no lo recuerdo, pero en el alma está esa marca y está siempre presente.
Sólo quien ha vivido una experiencia similar podría entender mi dolor. Es una marca de nacimiento, una marca de dolor que estará siempre grabada en mi corazón. Y al mismo tiempo es una marca de amor. Ambos fluyen del mismo lugar y es imposible de separar: amor y dolor.
Pero lo cierto es que en el momento más vulnerable de mi vida, habiendo sido abandonada por mis padres y no pudiendo valerme por mí misma, el Señor estuvo ahí y dispuso que esa señora cuidara de mi. Y luego me regaló a mis padres y a mi familia que me amó y me ama tanto más que si fuera de su propia sangre. El amor no se puede medir, pero sé cuánto sufrieron mis papás cuando no podían ser padres, cuánto nos buscaron y esperaron (a mi hermano y a mí), y es un lazo muy especial el que Dios tejió entre nosotros.
Este simple hecho o no tan simple, me hace tener una perspectiva de la vida muy distinta a muchas personas que no han vivido lo mismo. En primer lugar porque soy consciente de dónde vengo, qué ha ocurrido, y cómo el Señor ha obrado. Podría haber muerto (dicen que si a los bebés no les dan amor, se mueren de tristeza). Podría haber vivido en un orfanato o quién sabe dónde… Y no fue así. Mis padres biológicos también podrían haber decidido matarme, y no lo hicieron. Por eso y por muchas cosas más, le pido al Señor que cada latido de mi corazón, sea de alabanza y agradecimiento, por las maravillas que hizo en mi vida.
En segundo lugar, otro de los frutos de esta experiencia, es que sé que el Señor está a mi lado siempre, aunque yo no lo vea. Y hay muchos momentos en que no lo veo, en que no lo siento, en que estoy perdida en el abismo… momentos en que sentí que se abría un abismo bajo mis pies y me iba directo al infierno. Pero aún así, esa convicción no me abandona, es mucho mayor que mis sentidos. Y no dejo de confiar y de pedir al Señor seguir confiando en Él, en cualquier circunstancia que Él disponga en mi vida.
En tercer lugar, este hecho que sucedió hace tantos años, puede parecer, como muchas cosas, como algo del pasado, algo lejano, que no toca el presente, y no es así. No hay día en que no recuerde las maravillas que el Señor obró y obra en mi vida, desde ese instante en que me dio la vida, ese instante en que tejió mi alma en el seno de mi madre. Ese es siempre el horizonte, es siempre el destino: Volver a los brazos de mi Padre. También eso es lo que me permite ser consciente de que no soy nada ni nadie, que sólo soy en la medida en que Dios está en mi, y que «todo lo puedo en Aquél que me da fuerzas» (Flp 4, 13), como dijo san Pablo.
Con los años aprendí, que detrás de ese infierno está la luz, la salvación y la sanación del alma. Que es un camino a atravesar con confianza, sin miedo, sin espantarnos de nosotros mismos. Y que hay que dejarse llevar. Sólo así se puede encontrar la luz.
San Silouan le preguntó al Señor qué debía hacer para que su alma se volviera humilde y en su corazón recibió esta respuesta: «¡Mantén tu espíritu en los infiernos y no desesperes!»
Carolina de Jesús
31.01.2018
«Dios truena con voz maravillosa y realiza proezas que no comprendemos» (Job 27,5).

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